Odio al hij@

Uno de los tótemes fundamentales de nuestra civilización es como sabemos el Cuarto Mandamiento, que afirma que todos los hijos "deben" amor y gratitud a sus padres. Un tótem inverso asegura que "todos" los padres  aman a sus hijos. Pero atención, pues este segundo mito no dice que los padres deban amarlos, sino que "siempre" los aman, ontológicamente, por el hecho mismo de ser padres. Extraña asimetría. El amor parental se da por supuesto, los padres no necesitan demostrar ni esforzarse en nada. En cambio los hijos son sospechosos a priori; su amor debe "demostrarse" con esfuerzo... Dejando a un lado esta llamativa doble moral, ¿es verdad que todas las madres y padres aman a sus hijos?

Hemos de admitir que una persona que voluntaria o accidentalmente trae al mundo un hijo es una persona... con un problema añadido. A menudo se trata de un problema abrumador por su ineludible exigencia de responsabilidades, esfuerzos, recursos emocionales y cambios de vida. Por tanto, igual que frente a cualquier dificultad de otro tipo, un progenitor/a reaccionará simplemente como le permita su personalidad, su neurosis y sus circunstancias. Es decir, con todas las aptitudes, pero también con todas las limitaciones (ansiedades, miedos, iras, proyecciones neuróticas) de su manera de ser. No hay ningún "instinto" que ayude a nadie a ser un progenitor perfecto. (1) Sólo hay personas que, desde toda clase de condicionantes íntimos y externos, manejan la crianza de sus hijos como pueden. 

El amor de los padres no es, pues, nada fácil ni "natural". Se trata más bien de una aptitud, un lujo, un fruto de las personas más maduras y capaces emocionalmente. ¿Y quiénes podrán permitirse tal lujo? Obviamente quienes tuvieron la suerte de ser (y seguir siendo) amadas, o quienes aprendieron con ayuda de la vida o la psicoterapia a amarse un poco mejor a sí mismas y a los demás. Como, por otro lado, toda dinámica amorosa es inseparable de ciertas magnitudes de odio, ira, rencor, etc., resultará que todos los progenitores sin excepción albergan contra sus hij@s, más o menos secretamente, determinados sentimientos "inconfesables".

¿Por qué una madre o padre odia a su hijo/a? Por las mismas razones que puede odiar a cualquiera. Por ejemplo, puede sufrir agobio, celos, envidia, decepción, rechazo, deseo sexual, etc., por algún hijo. Puede ser neuróticamente incapaz de relacionarse adecuadamente con los demás. Puede detestar al hijo por sus insaciables demandas, que el progenitor intenta satisfacer pese a que él mismo jamás fue amado. Puede repetir los mismos maltratos que sufrió en su infancia... Etcétera. Los padres neuróticos, en el fondo unos niños grandes, se ven compelidos a competir, dominar, agredir y castrar continua e inconscientemente a sus hijos. Esto es el odio parental.

Se necesita un valor, un coraje inmenso para asumirlo. Mucho más, incluso, que para afrontar el odio a los propios padres. Pero hay madres y padres extraordinarios que se atreven a hacerlo. Y desde aquí mi más enorme admiración hacia ellos.

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1. Una prueba de ello es no sólo que cualquier cuidador adoptivo podría hacerlo mejor, sino la existencia misma de la neurosis universal. Todos los instintos humanos hace ya mucho tiempo que desaparecieron, sustituidos por los mandatos socioculturales y, sobre todo, aniquilados por milenios de maltrato infantil en todas las latitudes.  
 
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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright 2002-2018