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Carta abierta de un terapeuta a los padres de sus pacientes

Estimados padres,

Como psicoterapeuta de vuestros hijos/as, me siento obligado a comunicaros que la mayoría de ellos están bastante heridos. Sus personalidades son demasiado débiles para afrontar o adaptarse con éxito a las exigencias de la vida, de lo que derivan los diversos síntomas que sufren. Vuestros hijos, dada la total falta de pruebas médicas que lo demuestren, no están enfermos. No sufren la menor anomalía genética, biológica ni de ningún otro tipo. Simplemente padecen un desarrollo emocional insuficiente (al menos, de momento). Y las causas de ello, tras muchas y profundas entrevistas, sólo podemos hallarlas en las durísimas condiciones de crianza que durante muchos años han soportado.

Anónimos padres, hablando con sinceridad, los problemas emocionales de vuestros hijos resultan claramente de los muchos errores, desamores y/o agresiones que han sufrido desde niños -y suelen sufrir hoy, aunque quizá más suavemente- en el seno de vuestras familias. Estos errores, desamores y/o agresiones no tienen por qué haber sido voluntarios y ni siquiera conscientes por parte de nadie, pero han sucedido. Y cualquier problema posterior que hayan tenido en la escuela, la adolescencia, sus relaciones adultas, etc., sólo podemos considerarlo una derivación, una secuela más de los frágiles cimientos y estructura de su personalidad. La cual, como es bien sabido actualmente, sólo puede madurar en el seno de familias con vínculos positivos y afectuosos. 

No se trata obviamente, padres, de culpabilizar a nadie. Con absoluta certeza, vosotros habéis criado a vuestros hijos/as como habéis sabido o podido, o incluso mejor de como fuísteis criados por vuestros propios padres, y en muchos casos jamás os dísteis cuenta, ni nadie os ayudó a percataros, de los daños ocultos que iban acumulándose en sus corazones. Pero tales daños existen. Y si realmente amáis a vuestros hijos, si deseáis de verdad comprenderlos y ayudarlos en lo sucesivo, sólo podréis hacerlo asumiendo con coraje que sus trastornos son inseparables de vuestras relaciones familiares no ya en el pasado, sino también en el presente.  Y, por supuesto, respetando al máximo los síntomas (incomprensibles para vosotros) de tales trastornos y los procesos curativos que requieren.

Yo confío en que vuestros hijos seguirán madurando, ya sea con ayuda de mi terapia o la de otros profesionales, o de la propia vida. Pero debo preveniros sobre el hecho de que, debido precisamente a tal maduración, acaso ya nunca más vuelvan al "redil" familiar, tal como vosotros quizá esperáis. Muchos de ellos tal vez nunca puedan o quieran perdonaros por los daños sufridos. Esto es muy natural y será tanto más probable cuanto menos comprensión, dolor y sincero arrepentimiento mostréis vosotros, padres, por vuestros inevitables errores. En otras palabras, cualquier sincera reconciliación familiar dependerá siempre, necesariamente, de la lucidez, coraje y humildad con que logréis asumir -y corregir- vuestra participación/responsabilidad en los dramas familiares que determinaron los trastornos de vuestros hijos.

Sé muy bien que dicho reconocimiento es extremadamente doloroso para vosotros, padres. Aunque también sabemos todos que nunca es tarde para comprender, para rectificar, para pedir ayuda psicológica si es preciso, para aprender a amar. Esto es algo que cada madre y cada padre debe decidir en su corazón... Por mi parte, como terapeuta seguiré ayudando con todas mis fuerzas a vuestros hijos a descubrir las verdades familiares que los dañaron, a fortalecerlos y defenderse mejor contra ello, y a promover al máximo el crecimiento de sus alas para que puedan volar hacia donde libremente decidan.

Desconocidos padres de mis pacientes, con mis mejores deseos os envío un saludo.

 
JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright
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