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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

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El falso perdón

 

Nuestra civilización, basada durante siglos en las ideas morales de pecado, perdón, etc., sigue defendiendo la necesidad, o incluso la obligatoriedad, de perdonar a nuestros ofensores. Oímos sin cesar "perdona y te curarás", "sé bueno y perdona", "perdona y olvida", etc. Sin embargo, ¿es tan fácil perdonar, al margen de la buena intención con que lo pretendemos? ¿Qué es realmente el perdón y cómo podemos perdonar sinceramente? Para comprenderlo, debemos examinar la psicodinámica de la ofensa recibida.

Cuando alguien nos daña, experimentamos tres cosas: 1) dolor; 2)  rabia (con su deseo inevitable de devolver el golpe); 3) humillación (orgullo, narcisismo heridos). El dolor puede ser relativamente temporal y, a la larga, "desaparecerá". La rabia podemos administrarla de muchas formas (p.ej., descargarla, derivarla, disfrazarla, reprimirla...) y, por ello, también puede ser transitoria. Pero la humillación será más difícil de olvidar porque depende directamente de nuestra madurez psicoafectiva. Cuanto más débiles, infantiles y narcisistas somos, tanto más duraderos son nuestros rencores...  ¿En qué consistirá, entonces, perdonar de verdad? Consistiría obviamente en superar espontáneamente el dolor, la rabia y la inmadurez. Y para lograrlo no existen trucos moralistas o pseudoterapéuticos. La única vía es: 1) compartir nuestro dolor;. 2) expresar nuestro odio; 3) crecer interiormente.

Mucha gente aspira a perdonar, o cree haber perdonado, sin recorrer ninguna de tales etapas. O, como mucho, vivencian la primera, pero escasamente la segunda y mucho menos la tercera. Simplemente, realizan un esfuerzo intelectual de "comprensión" de la persona ofensora, añaden una buena dosis de autosugestión compasiva y optimismo superficial y... ¡listos! Ya creen haber perdonado. Pero los síntomas neuróticos (miedos, bloqueos, ansiedades, tristezas...) de estas personas persisten. Y ello evidencia que su perdón sólo ha sido un simulacro.

Hay otras señales del fraude. Por ejemplo, mucha gente dice: "yo perdono pero no olvido", extraña y contradictoria frase que sólo indica: "sigo dolido y enfadado, pero lo disimulo". Otros dicen: "yo perdono a Z porque entiendo sus errores y además debo responsabilizarme de mí mismo", lo que secretamente significa: "reprimo mi ira porque me han dicho que debo comprender y seguir adelante". Otros afirman: "el perdón devuelve la paz y cura los sentimientos negativos", olvidando que todos los sentimientos son positivos y que la recuperación de la paz no es el efecto, sino la causa del perdón. Otros muchos, tras leer libros de autoayuda o haber realizado terapias "conciliadoras", se preguntan: "¿Por qué sigo sintiéndome mal, si ya perdoné?"... Etcétera.

La verdad es que, como decíamos, no hay atajos hacia el perdón. No podemos perdonar sin recorrer necesariamente los tres escalones del dolor, la ira y la maduración. Pues, como afirmó rotundamente Alice Miller en relación a la familia, "el auténtico perdón no bordea la rabia sin tocarla, sino que pasa a través de ella". Por eso el perdón auténtico es, en realidad, un lujo de las personas más sinceras, valientes y desarrolladas. Lo otro, simular el perdón desde el miedo, la culpa, el deber, la moral o los supuestos efectos "terapéuticos" es esencialmente un autoengaño, una defensa, un síntoma más de nuestra neurosis individual y social.

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© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Jun, 2011
Revisión: Nov, 2014

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