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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

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La psicoterapia: ¿funciona?

 

El ser humano siente, piensa y actúa, de modo que tanto su felicidad como su dolor están condicionados por la interacción de tales funciones, y la de éstas con su entorno natural y social. La psicoterapia, que combate el dolor psicológico del individuo y sus consecuencias, puede definirse como el arte de curar con la palabra. Según el tema central de esta “conversación” surgen los distintos tipos de psicoterapia. Si la charla se centra en los aspectos emocionales del sujeto, al método se le denomina “psicoanálisis” o “psicodinámico”. Si enfatiza los aspectos intelectuales, se le llama “cognitivo”. Si se especializa en el comportamiento, se le llama “conductista”. Muchos psicoterapeutas, no obstante, intentarán en la práctica una síntesis personal e intuitiva, ecléctica, de tales tres enfoques, según cada paciente y cada momento. Es lo más sabio. Después de todo, sentir, pensar y actuar son, en la práctica, un solo proceso unificado.

Pero, ¿es eficaz la psicoterapia? ¿Funciona siempre? ¿Son mensurables sus efectos? Muchas personas lo dudan, y otras defienden lo contrario con estadísticas discutibles. En realidad, el problema es extremadamente complejo, pues la relación paciente-psicoterapeuta es íntima y secreta por definición y, como en todo lazo humano, los factores involucrados son numerosos.

El dogmático cientifismo actual afirma que son los métodos los que curan o deberían curar, en el mismo sentido “científico” que supuestamente curan los fármacos. Sin embargo, no es totalmente cierto que los fármacos curen por sí solos, como lo demuestra su porcentaje intrínseco de fracasos, efectos indeseables y el hecho de que los mejores de ellos simplemente se limitan a favorecer los procesos orgánicos, es decir, la propia capacidad autocurativa del organismo. Por otro lado, es absolutamente determinante la clase de relación paciente-médico y, por supuesto, el tipo y gravedad de cada enfermedad... En psicoterapia sucede lo mismo. Se trata de un vínculo complejo donde intervienen al menos: 1) la pericia del terapeuta, 2) su madurez personal, 3) el método empleado, 4) el grado de confianza del paciente, 5) su grado de motivación para sanar;  6) el lazo afectivo mutuo (p.ej., sentimientos de empatía, afecto, respeto, paciencia, consuelo, etc. en el terapeuta; sentimientos de confianza, admiración, intimidad, gratitud, etc., en el paciente),  7) la clase y gravedad del problema, 8) las apoyos e interferencias externas (familia, amigos, trabajo, etc.)... Puede adivinarse, así, cuán distintas e imprevisibles pueden llegar a ser las relaciones paciente-terapeuta y sus resultados terapéuticos.

Tanto las psicoterapias exitosas como las fracasadas resultan, pues, según las diversas combinaciones de los elementos citados. Dicho de otro modo, ni todo terapeuta ni todo método son compatibles con cualquier paciente o patología, ni viceversa. Cada psicoterapia es un viaje particular e intranferible de paciente y terapeuta. Y sólo cuando todos los factores implicados son suficientemente favorables la experiencia resultará mutuamente positiva y gratificante.

Por supuesto, cuando no se alcanzan ciertos mínimos indispensables podemos hablar de “malos” psicoterapeutas, así como de “malos” pacientes. Por eso algunas terapias son funestas o interminables, y algunos pacientes “viajan” continuamente de terapeuta en terapeuta. Cuando sucede esto último, la causa suele hallarse en el propio paciente. La experiencia enseña, en efecto, que muchas personas no se sienten profundamente motivadas para sanar, o se sienten forzadas a ello simplemente por dolores superficiales, o sentimientos de culpa, o terceras personas; o son demasiado miedosas para aprovechar cualquier ayuda realmente eficiente. ¡Algunas de ellas ni siquiera se consideran merecedoras de ser felices! Por eso, tal como los fumadores que fingen “no poder” dejar su hábito -cuando lo cierto es que secretamente no quieren-, esos pacientes simulan “esforzarse” en cambiar... pero haciendo todo lo necesario (inconcientemente) para sabotear o romper habitualmente sus terapias (p.ej., justificándose en la falta de tiempo o dinero, el cansancio, la falta de resultados, el enfado con el terapeuta, el enamoramiento de su terapeuta, etc.). Y es que, evidentemente, nadie sana si no quiere hacerlo.

En rigor, y contra el extendido mito social, la psicoterapia no cura a nadie, sino que ayuda al sujeto a curarse por sí mismo. El terapeuta no es un mago. De igual modo que el médico no “da” la salud, sino que sólo la facilita; o los padres no "enseñan" a caminar al niño, sino sólo le ofrecen estímulo y ayuda para que aquél se esfuerce continuamente en mover las piernas, así también el terapeuta ofrece auxilio, afecto, guía, herramientas a su paciente... pero sólo éste puede, si quiere, tomar la mano amiga y elegir crecer. El motor del cambio radica siempre en sí mismo, y en ninguna otra parte. Sin dicho motor, poco puede hacerse.

Una buena relación psicoterapéutica es, con todo, uno de los vínculos humanos más ricos, profundos, hermosos y curativos que pueden darse. La psicoterapia es el arte -que no ciencia- de escuchar, confiar, respetar, expresarse, comprender, descubrir, compartir afecto y conocimiento. Es, en última instancia, una forma de amor mutuo. Por eso el buen psicoterapeuta, como el buen padre, el buen médico o el buen maestro, debería ser un humanista cargado de respeto y amor hacia sus pacientes, su profesión y la vida.

© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
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