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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

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A Mª Ángeles, que me abrió los ojos          

 

¡Mira la mirada de los niños!






















 

Somos animales mamíferos, lo que significa que nacemos prematuramente y dependemos por completo, durante mucho tiempo, de los tiernos cuidados de nuestra madre. Lo mismo sucede con perros, gatos, ciervos, gorilas, ballenas, ratones, leones, canguros o elefantes. El abrazo materno, cargado de seguridad y alimento,  es la prolongación de la matriz, la larga fase de transición adaptativa desde la blanda felicidad amniótica hasta el duro mundo real. Ésta es nuestra identidad mamífera; esto es lo que somos. Por ello, aunque la duración de la infancia o dependencia cría-madre es distinta en cada especie, cuanto más cálida y segura sea dicha relación, tanto más suave y progresivo será el posterior destete, y mayor será la fuerza y seguridad psicofísica acumulada por el individuo. O sea, menos traumática y más feliz será su definitiva integración en el mundo. La infancia de los seres humanos dura, o debería durar, unos 13 años. 

Pero muchas culturas, y especialmente la nuestra (occidental), han perdido con los siglos y quizá más en las últimas décadas la mayoría de los instintos mamíferos de crianza. Por exigencias culturales, socioeconómicas, etc., y también por sus propias limitaciones psicológicas, millones de mujeres (y hombres) no saben ya, en efecto, parir, amamantar, abrazar, comprender, empatizar, criar a sus hijos. Por eso, millones de seres humanos han vivido infancias negativas -cuando no terroríficas-, o han sido arrancados de ellas prematuramente, deteniéndose así su maduración para siempre. De ahí que la edad emocional de muchísimas personas no pase de 2, 3, 5, 13 años. 

Las pruebas de todo esto puedes hallarlas, lector, en las miradas de la gente.

No hace falta ser vidente o psicoanalista para descubrir el inmenso y antiguo dolor de tantas personas. Simplemente, observa con discreción sus miradas (sobre todo cuando ellos están tranquilos o ensimismados y creen que nadie les mira) y comprenderás. En la calle, en el metro, en el autobús, en los programas y entrevistas de televisión, en las películas, en las guarderías, en las escuelas, en las cárceles, en las actividades deportivas y culturales, en las oenegés, en las tiendas de fotografía (donde se ven fotos de bodas y comuniones), en vuestros álbumes familiares, quizá en tus propios hijos... Mira a tu alrededor; están por todas partes. Amas de casa, taxistas, actores, modelos, peluqueras, adolescentes, escritores, cajeras, inmigrantes, periodistas... Y también, por supuesto, niños, muchísimos niños. 

¿Qué verás, lector, en los ojos de la gente? Verás miradas apagadas, tristes, inexpresivas. Miradas frías, alucinadas, ausentes. Miradas desconfiadas, esquivas, temerosas. Miradas furiosas, retadoras, resentidas. Miradas tensas, rígidas, paralizadas. Miradas con mezclas variadas de todo ello. Y pensarás: ¿cómo es posible todo esto, tanto dolor, tantos dramas interiores? Un motivo básico es, en mi opinión, nuestro empeño en olvidar que somos mamíferos, con todas sus ineludibles necesidades y exigencias. Por eso somos animales desgarrados, maltratados, humillados, insatisfechos, enfermos.

Algunos ejemplos. Vemos a una joven pareja ignorar el llanto rabioso de su bebé en el carrito y nos parece lo más normal del mundo. Vemos a una madre llegar todos los días a casa a las 9 de la noche (no importan los motivos) y nos parece lo más natural. Vemos a bebés de meses o pocos años abandonados en guarderías impersonales y atestadas y nos parece moderno. Vemos un bebé gritando en un cuarto oscuro y alguien afirma duramente: "¡que se acostumbre!". Vemos un niño que pide ser tocado y abrazado y los padres se quejan: "¡siempre quiere lo mismo!"... Etc. Y es que quizá sepamos criar perros o gatos, pero no niños.

Sí, lector. Cuando veas uno de esos niños -cualquiera que sea la edad de su DNI- con mirada profundamente triste, ojerosa, o bien sutilmente rabiosa, o acaso huidiza o extraviada, puedes estar seguro: "a ése no lo han querido". Si entrenas la mirada, podrás ver huérfanos y más huérfanos, gente profunda y ocultamente desamada por doquier. Lo llamamos "civilización". En realidad, es la catástrofe emocional del mamífero "homo sapiens". 

Quizá no hay actualmente tarea más urgente que redescubrir de una vez por todas quiénes somos y qué necesitamos íntimamente para ser felices. Nuestra soberbia cultural nos hizo creer durante siglos que somos animales "racionales", cuando es obvio que fundamentalmente somos animales sensitivos. Por eso, por definición, estamos vivos. No somos una "supercabeza con cuerpo", sino un  corazón que segrega, entre otras cosas, eso que llamamos "pensamientos". Por ello, si anhelamos la más mínima paz y bienestar en el mundo, necesitamos primeramente aceptar nuestra verdadera naturaleza y sus genuinas necesidades. La esencial de todas éstas es el amor. Y el primer eslabón de la cadena del amor es la crianza que reciben los niños. 

Por tanto, lector, si quieres ayudar a mejorar el mundo, sólo tienes que mirar la mirada de los niños: tus hijos, tus hermanos, tus sobrinos, tus nietos, tus alumnos. Más aún, mira la mirada del "niño interior" de los adultos que te rodean: tu pareja, tus padres, tus amigos, tus vecinos, tus compañeros de trabajo. Y todavía más: mira tu propia mirada en el espejo para descubrir qué clase de huérfano, o no, eres tú. Luego, acepta, comprende, respeta, cuida cuanto puedas a todos ellos (comenzando por ti mismo). Estarás amando. Sin tu amor, ya es tarde para todo.

Somos animales mamíferos, lo que significa que nacemos prematuramente y dependemos por completo, durante mucho tiempo, de los tiernos cuidados de nuestra madre. Lo mismo sucede con perros, gatos, ciervos, gorilas, ballenas, ratones, leones, canguros o elefantes. El abrazo materno, cargado de seguridad y alimento,  es la prolongación de la matriz, la larga fase de transición adaptativa desde la blanda felicidad amniótica hasta el duro mundo real. Ésta es nuestra identidad mamífera; esto es lo que somos. Por ello, aunque la duración de la infancia o dependencia cría-madre es distinta en cada especie, cuanto más cálida y segura sea dicha relación, tanto más suave y progresivo será el posterior destete, y mayor será la fuerza y seguridad psicofísica acumulada por el individuo. O sea, menos traumática y más feliz será su definitiva integración en el mundo. La infancia de los seres humanos dura, o debería durar, unos 13 años. 

Pero muchas culturas, y especialmente la nuestra (occidental), han perdido con los siglos y quizá más en las últimas décadas la mayoría de los instintos mamíferos de crianza. Por exigencias culturales, socioeconómicas, etc., y también por sus propias limitaciones psicológicas, millones de mujeres (y hombres) no saben ya, en efecto, parir, amamantar, abrazar, comprender, empatizar, criar a sus hijos. Por eso, millones de seres humanos han vivido infancias negativas -cuando no terroríficas-, o han sido arrancados de ellas prematuramente, deteniéndose así su maduración para siempre. De ahí que la edad emocional de muchísimas personas no pase de 2, 3, 5, 13 años.

Las pruebas de todo esto puedes hallarlas, lector, en las miradas de la gente.

No hace falta ser vidente o psicoanalista para descubrir el inmenso y antiguo dolor de tantas personas. Simplemente, observa con discreción sus miradas (sobre todo cuando ellos están tranquilos o ensimismados y creen que nadie les mira) y comprenderás. En la calle, en el metro, en el autobús, en los programas y entrevistas de televisión, en las películas, en las guarderías, en las escuelas, en las cárceles, en las actividades deportivas y culturales, en las oenegés, en las tiendas de fotografía (donde se ven fotos de bodas y comuniones), en vuestros álbumes familiares, quizá en tus propios hijos... Mira a tu alrededor; están por todas partes. Amas de casa, taxistas, actores, modelos, peluqueras, adolescentes, escritores, cajeras, inmigrantes, periodistas... Y también, por supuesto, niños, muchísimos niños. 

¿Qué verás, lector, en los ojos de la gente? Verás miradas apagadas, tristes, inexpresivas. Miradas frías, alucinadas, ausentes. Miradas desconfiadas, esquivas, temerosas. Miradas furiosas, retadoras, resentidas. Miradas tensas, rígidas, paralizadas. Miradas con mezclas variadas de todo ello. Y pensarás: ¿cómo es posible todo esto, tanto dolor, tantos dramas interiores? Un motivo básico es, en mi opinión, nuestro empeño en olvidar que somos mamíferos, con todas sus ineludibles necesidades y exigencias. Por eso somos animales desgarrados, maltratados, humillados, insatisfechos, enfermos.

Algunos ejemplos. Vemos a una joven pareja ignorar el llanto rabioso de su bebé en el carrito y nos parece lo más normal del mundo. Vemos a una madre llegar todos los días a casa a las 9 de la noche (no importan los motivos) y nos parece lo más natural. Vemos a bebés de meses o pocos años abandonados en guarderías impersonales y atestadas y nos parece moderno. Vemos un bebé gritando en un cuarto oscuro y alguien afirma duramente: "¡que se acostumbre!". Vemos un niño que pide ser tocado y abrazado y los padres se quejan: "¡siempre quiere lo mismo!"... Etc. Y es que quizá sepamos criar perros o gatos, pero no niños.

Sí, lector. Cuando veas uno de esos niños -cualquiera que sea la edad de su DNI- con mirada profundamente triste, ojerosa, o bien sutilmente rabiosa, o acaso huidiza o extraviada, puedes estar seguro: "a ése no lo han querido". Si entrenas la mirada, podrás ver huérfanos y más huérfanos, gente profunda y ocultamente desamada por doquier. Lo llamamos "civilización". En realidad, es la catástrofe emocional del mamífero "homo sapiens". 

Quizá no hay actualmente tarea más urgente que redescubrir de una vez por todas quiénes somos y qué necesitamos íntimamente para ser felices. Nuestra soberbia cultural nos hizo creer durante siglos que somos animales "racionales", cuando es obvio que fundamentalmente somos animales sensitivos. Por eso, por definición, estamos vivos. No somos una "supercabeza con cuerpo", sino un  corazón que segrega, entre otras cosas, eso que llamamos "pensamientos". Por ello, si anhelamos la más mínima paz y bienestar en el mundo, necesitamos primeramente aceptar nuestra verdadera naturaleza y sus genuinas necesidades. La esencial de todas éstas es el amor. Y el primer eslabón de la cadena del amor es la crianza que reciben los niños. 

Por tanto, lector, si quieres ayudar a mejorar el mundo, sólo tienes que mirar la mirada de los niños: tus hijos, tus hermanos, tus sobrinos, tus nietos, tus alumnos. Más aún, mira la mirada del "niño interior" de los adultos que te rodean: tu pareja, tus padres, tus amigos, tus vecinos, tus compañeros de trabajo. Y todavía más: mira tu propia mirada en el espejo para descubrir qué clase de huérfano, o no, eres tú. Luego, acepta, comprende, respeta, cuida cuanto puedas a todos ellos (comenzando por ti mismo). Estarás amando. Sin tu amor, ya es tarde para todo.

© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
© Se admite la reproducción de este artículo, citando al autor y la URL correspondiente.


 

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