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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

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Los mentirosos

 

Muchas personas se quejan, muy dolidas y enfadadas, de que un ser querido (hijo, pareja...) es muy mentiroso. Un mentiroso "compulsivo". Esperan de él una sinceridad total, una verdad sin excepciones, como si ello fuese un deber, una obligación, una "demostración" de amor, lealtad u obediencia. La sinceridad suele ser, desde luego, una muestra de madurez y honestidad. Sin embargo, es evidente que nadie miente sin algún motivo (consciente o inconsciente). Por tanto, lo esencial no parece tanto la cuestión del "mentir o no mentir", cuanto el descifrar las razones psicológicas que mueven al mentiroso/a.

En general, mentimos para defendernos y/o manipular a las personas. Lo que subyace a la mentira suele ser, pues, algún tipo de inseguridad o miedo (1). Un intento de obtener a hurtadillas algo (p. ej., respeto, amor, intimidad, evitación del castigo, libertad...) que el sujeto sabe o teme que no podrá lograr de otro modo. Si la persona miente con frecuencia a alguien, existe obviamente algún problema de fondo en esa relación. Si miente a todos, entonces el problema está en la propia personalidad del sujeto. La predisposición a la mentira es, en cualquier caso, un síntoma neurótico.

Ahora bien, los síntomas neuróticos no pueden combatirse "frontalmente". Cuanto más perseguimos un síntoma (ya sea ansioso, adictivo, mentiroso, etc.), más se agrava. ¡No podemos atrapar a gritos un gato asustado! Sólo podemos darle confianza y esperar a que regrese. De igual modo, si queremos que alguien no nos mienta tanto, lo mejor será respetar sus miedos, averiguar sus motivos y mejorar nuestra relación con él/ella.

Cuando comprendemos que el engaño es una defensa, las cosas siempre mejoran. Si logramos respetar el legítimo derecho a defenderse de una persona, entonces, en vez  de recriminarle hostilmente "¡no me mientas!", quizá le digamos con serenidad: "¿por qué me mientes?" Sólo así podremos ayudar a descubrir y reparar las deficiencias en nuestro vínculo. En ocasiones, incluso será conveniente fingir que creemos a nuestro engañador, para darle la oportunidad de escapar de nosotros... Esta generosidad y, por supuesto, el cultivo de la mayor confianza posible mutuas, irá desmoronando las defensas del mentiroso.

Naturalmente, para conseguir todo esto, para calmar la quisquillosa susceptibilidad de nuestro ego a las mentiras de los demás, lo primero que debemos reconocer sinceramente es que...  ¡todos mentimos! La mentira, nos guste o no, forma parte de la vida. La neurosis individual y social, basada -entre otras cosas- en el miedo, no es sino una gigantesca trama de engaños y autoengaños. Por tanto, nuestros afanes de "sinceridad total" no sólo son ingenuos y también engañosos (2), sino que, a menudo, sólo expresan un anhelo narcisista de control excesivo sobre los demás. 

Si queremos, en fin, que nuestros seres queridos no nos mientan, lo mejor que podemos hacer es reparar nuestras relaciones con ellos. Pues cuando sabemos amar la mentira desaparece.

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1. Excluimos de este artículo la mentira como instrumento, incluso compulsivo, de dominio y manipulación narcisistas. 

2. Véase también La sinceridad, de Olga Pujadas Armengol. 


© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Septiembre/2012
© Se admite la reproducción de este artículo, citando al autor y la URL correspondiente.

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