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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

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El mito de engendrar

 

Es un hecho que muchas parejas entran en crisis, o se rompen, cuando nace el primer hijo (o siguientes). Además, muchas veces tal hijo no nació por idéntico deseo de ambos progenitores, sino porque uno de ellos presionó con insistencia para tenerlo, y el otro cedió por "amor", debilidad o miedo. O llegó simplemente por "error". O por muchas otras razones que mencionaremos después. Pero las consecuencias se desatan rápidamente. Pues los hijos, pese a las fantasías sociales, nunca llegan para "dar" y "mejorar" la vida de la pareja sino, muy al revés, para pedir (p. ej., muchísimo tiempo, esfuerzo, renuncias, responsabilidades, frustraciones), siendo así para muchos progenitores un factor constante de neurotización, conflicto, desgaste e incluso distanciamiento.

A un nivel profundo y escasamente admitido, los hijos vienen, en efecto, a interferir, competir y sabotear el narcisismo o las necesidades neuróticas de los padres. Vienen a provocar estrés, sentimientos de culpa, hostilidad, celos, envidias y desamparo en los progenitores inmaduros. Vienen, en suma, a remover en éstos sus propias carencias infantiles y a reducir la relación, a menudo, a meras "cooperativas de crianza" más basadas en la obligación, la inercia y la culpa que en el mutuo bienestar amoroso. En tales circunstancias, la relación se va quemando, generando amarguras, broncas, silencios, posibles infidelidades, rupturas... Y, naturalmente, todo esto se proyecta contra los niños.

Nadie previene de esto a los padres primerizos. Nadie les enseña a detectarlo, asumirlo sin remordimientos y solucionarlo con valentía. Y es que la maternidad/paternidad es una extremada idealización, una ideología regida por la "ley del silencio", precisamente por sus enormes dificultades. Ello es debido, en mi opinión, al miedo y el narcisismo sociales. El narcisismo, p. ej., de las mujeres, que tradicionalmente han fundado en la maternidad su máximo prestigio y poder. El narcisismo de las familias, que buscan en la prole un seguro para la vejez, un aumento de estatus, una continuidad de bienes y apellidos, etc. El narcisismo de los estados, que siempre necesitan mano de obra, carne de cañón y masas demográficas de ocupación. Etcétera. Y, por supuesto, también es debido a los miedos y necesidades neuróticas de muchísima gente que siente que los niños -esos "muñequitos tan tiernos"- podrán salvar sus matrimonios o darles la felicidad o el sentido de la vida que nunca han disfrutado. Nada hay, pues, menos "natural" en nuestra sociedad que el afán de tener hijos. 

Por eso, millones de personas se lanzan desgraciadamente al experimento por pura imitación, egoísmo o negligencia, sin tener para ello no ya la menor vocación, sino casi ninguna aptitud psicológica. A veces, el exagerado y obsesivo afán de algunas personas por ser padres "como sea" (inseminando, adoptando, alquilando vientres, incluso comprando niños) expresa conflictos íntimos muy específicos. Y naturalmente las decepciones y "depresiones" posteriores serán frecuentes. Y las secuelas psicológicas en los niños, también.

Como en todos los aspectos humanos, cuanto más idealizamos las cosas, más incapaces somos de manejarlas. Igualmente, mientras sigamos negando las desventajas de ser padres y los disturbios psicológicos que causa en millones de progenitores, seguiremos cronificando el dolor en las familias y en la sociedad (1). Sólo podemos sanar lo que previamente nos atrevemos a reconocer. Por ello, en mi opinión, necesitamos despojar a la maternidad/paternidad de toda esa carga de sentimentalismo dulzón y optimismo compulsivo con que solemos maquillarlas. Sólo entonces podríamos reconocer sabia y valientemente que, por ejemplo:

  • No todo el mundo sirve, ni tiene verdadera vocación, para ser madre o padre.
  • Nadie debería tener hijos desde intereses egoístas, materiales, morales, políticos o neuróticos.
  • Nadie debería buscar descendencia si aún se siente un niño/a necesitado de amor y cuidados.
  • Nadie debería procrear si aún no ha vivido y disfrutado lo suficiente de la vida.
  • Nadie debería tener hijos si odia o huye de su realidad, o si tiene prioridades (p.ej., profesión, estilo de vida, etc.) centradas principalmente en sí mismo.
  • Nadie debería creer que puede criar en solitario a nadie.
  • Nadie debería tener hijos sin el consentimiento sincero de su pareja.
  • Nadie debería tener hijos si no va a disponer de la ayuda razonable, voluntaria y no abusiva de otras personas.
  • Nadie debería intentarlo sin haber resuelto suficientemente sus problemas neuróticos con las personas cuya ayuda va a necesitar (p.ej., los propios padres).
  • Nadie debería olvidar que, afortunadamente, todo problema familiar es mejorable con más consciencia y maduración emocional.

Ojalá, en fin, nuestra única motivación para tener hijos fuese nuestra madura, generosa y responsable  decisión de compartir con ellos el bienestar interior que ya poseamos.

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1. Por ejemplo, cualquier campaña contra el maltrato infantil debería incluir necesariamente el análisis y prevención del por qué la gente tiene hijos. Porque si gente emocionalmente incapaz tiene hijos, ninguna campaña a posteriori tendrá mucho éxito. La semilla del maltrato está muchas veces no sólo en los traumas, sino también en los motivos de las personas que quieren procrear.

© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Abril/2011
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