ARTÍCULO
JOSÉ LUIS CANO GIL - Psicoterapeuta y Escritor - BARCELONA

 

El narcisismo

 

Mucha gente suele entender el narcisismo en su sentido más literal: "enamoramiento de uno mismo". Una persona narcisista sería, entonces, una persona vanidosa, engreída, egocéntrica, exhibicionista... Pero el narcisismo es mucho más que sus meras expresiones externas. Es un factor estructural de la personalidad, que todas las personas hemos desarrollado en mayor o menor grado. Y su magnitud depende directamente de la cantidad y calidad de amor, es decir, de vinculaciones afectivas capaces de proporcionarnos seguridad y valía que hayamos logrado disfrutar desde la infancia. Sobre todo en nuestros primeros años de vida.

La mayoría de seres humanos hemos sido criados por nuestras familias. Así, en la medida que fuimos amados saludablemente, de igual modo aprendimos a confiar, vincularnos, estimar, cuidar de otros. Pero, en la medida que no fue así, entonces desarrollamos miedos, evitaciones del contacto con los demás, replegamientos defensivos en nosotros mismos. Aprendimos a refugiarnos con dolor y rabia en nuestro caparazón, u ombligo, o espejo, pareciendo así, desde afuera, que nos "enamorarnos" de éstos. Pero nada más lejos de la realidad. Las personas más narcisistas, que nunca aprendieron a amar,  tampoco logran amarse a sí mismas. Sólo adquirieron el hábito de relacionarse con el mundo no desde una confiada interacción con él, sino desde un frío, temeroso y distante afán de controlarlo todo, para aliviar sus terribles inseguridades y sacar el mayor provecho posible. Intentan llenar su terrible vacío con poder. Cuanto mayores son estas actitudes, más "narcisista" decimos que es un sujeto. El narcisismo representa, así, el total fracaso en la crianza de los seres humanos.

Las formas y grados narcisistas son innumerables. Por ejemplo, forma parte de las personalidades más o menos egocéntricas, vanidosas, dominantes, explotadoras, manipuladoras, exhibicionistas, ambiciosas, etc. Subyace en casi todos los estados neuróticos, siendo uno de los motivos de la enorme resistencia a crecer de los seres humanos. Y, en sus formas extremas, lo hallamos en las personalidades psicóticas, donde el individuo se aísla tanto de la realidad que apenas logra valerse por sí mismo; y en las psicopáticas, donde el sujeto es claramente un peligro social. En general, podemos decir que, cuanto más narcisistas somos, tanto más egocéntricos, rígidos y dominantes nos volvemos. Y no es para menos, ya que la fuente de todo narcisismo es la fijación de la desesperación infantil inconsciente. 

Como el narcisismo individual está muy mal visto (lo llamamos inapropiadamente "egoísmo"), la mayoría de personas, sobre todo las más narcisistas, se niegan tenazmente a reconocerlo. En cambio, la suma de los narcisismos individuales, el narcisismo social, tras renombrarlo de otros modos sí goza de gran prestigio y lo explotamos con entusiasmo. He aquí algunas de sus muchas formas típicas:

  • individualismo, consumismo
  • religión, política, sectarismos
  • racismos, victimismos
  • codicia, afán de poder
  • artes y ciencias
  • modas, espectáculos
  • ideologías

En psicoterapia, el narcisismo es un serio obstáculo porque impide la maduración. El narcisista, que se niega a desprenderse de su caparazón defensivo, puede incluso atacar al terapeuta, intentar dominarlo o abandonar la terapia. Y lo mismo hará con cualquier persona que se atreva a cuestionar sus excesos egocéntricos. El narcisista, que necesita a toda costa negar su secreta debilidad, es capaz de los mayores autoengaños.

Bajo las fuentes psicodinámicas del narcisismo hay otras, aún más profundas, de carácter antropológico. Son las nacidas de nuestra ignorancia, de las severas limitaciones de nuestra cognición y nuestros sentidos. Por ejemplo, si un perro ladra y un humano habla, deducimos automáticamente que el humano es "superior" al perro. Si la gente de una sociedad va desnuda y vive en chabolas, y la de otra sociedad va vestida y vive en rascacielos, entonces la segunda es "mejor" que la primera. Etcétera. Sufrimos la fatal confusión de que lo complejo y lo cuantitativo es necesariamente sinónimo de cualitativo; de que "más" es siempre "mejor"; que "vencer" equivale a "evolucionar", etcétera. De ahí todas esas típicas (y violentas) actitudes humanas de superioridad frente a la Naturaleza, las culturas y la gente. Nuestro control de la vida y la muerte mediante el altivo y extremo racionalismo de nuestras religiones, políticas, ciencias y tecnologías. Nuestro "dominio" del tiempo mediante los mitos del Futuro y el Progreso. Etcétera. Con todas sus infinitas consecuencias destructivas

En términos morales y espirituales, siempre hemos llamado "Ego" al narcisismo. (Hay que diferenciarlo del legítimo ego, o yo, desde el punto de vista psicodinámico). Por eso, tradicionalmente se ha intentado combatir al Ego, reducir sus excesos, sus "bajas "pasiones", etc., a fin de favorecer la armonía individual y social. Es decir, el Amor. Pero el amor no es algo que pueda predicarse o simularse con determinadas conductas. El amor real sólo puede adquirirse en la infancia mediante crianzas y valores sinceramente amorosos, asociados además a un profundo sentido de la humildad. No hay otra forma. Sólo podemos aprender a amar y ser antropológicamente modestos a través de personas humildes que nos amaron de verdad. Cuanto más precozmente, mejor.

De lo contrario, más tarde será muy difícil conseguirlo.
 

© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Abril, 2014
Marzo, 2018

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