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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

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Los niños asesinos

 

El 14 de Diciembre de 2012, en Newtown (Connecticut, EEUU), un joven de 20 años llamado Adam Lanza mató a su madre con cuatro disparos en la cabeza y después, fuertemente armado, se dirigió a la escuela donde aquélla trabajaba y mató a 20 niños y 6 adultos más. Luego, se suicidó. Total: 28 muertos. Es obvio que semejante suceso, por extremo y aparentemente inexplicable, sólo puede tener causas igualmente extremas y, en mi opinión, sólo extrañas si no las abordamos con cierta profundidad. ¿Por qué Adam mató a su madre y todo lo que siguió? Aunque jamás conoceremos los detalles íntimos del caso, sí podemos intentar algunas reflexiones psicodinámicas sobre este tipo de sucesos. 

En general, la mayoría de personas "locas" (psicóticas) o socialmente peligrosas (psicópatas) encubren y escapan de terribles dolores inconscientes mediante sus delirios y/o conductas anómalas. El neurótico común hace lo mismo, si bien, dado que sus demonios son más pequeños, le basta con expresarlos en sueños o a través de síntomas relativamente "menores". De este modo, la diferencia práctica entre algunos locos y psicópatas respecto a la gente común es que los primeros, conscientemente o entre brumas, a veces realizan compulsivamente lo que la segunda casi nunca haría porque, en definitiva, carece del dolor, el odio y la desesperación suficientes para ello.

¿Qué clase de motivo puede llevar a un niño a matar a su madre? Para entenderlo, deberíamos invertir la pregunta: ¿qué clase de circunstancias podrían neutralizar previamente uno de los máximos tabúes de la Naturaleza y de la civilización, a saber, matar a mamá? Creo que la ruptura de semejante instinto -el apego infantil a la madre- sólo puede explicarse mediante la ruptura de un tabú anterior y equivalente: el indispensable amor de la madre a las crías. Por ello, invariablemente, cuando bebés y niños carecen de tal amor e incluso son maltratados -desde las formas más sutiles a las más abominables-, su confianza y empatía con los seres humanos tiende a desvanecerse y, cargados de odio consciente o inconsciente y en determinadas condiciones-límite, pueden ser capaces entonces de "vengarse" contra los padres, contra otras personas y/o contra sí mismos. 

Si observamos con atención las fotos publicadas de Adam Lanza, vemos que su mirada carece de expresión, de vida alguna. Incluso sus sonrisas son más bien muecas forzadas. Esto suele significar que el sujeto ha desconectado de sí mismo porque sufre conflictos íntimos que no logra soportar. Así, tal como el espesor de un dique es proporcional al volumen de agua que debe resistir, la inexpresividad de una mirada y, en general, de una personalidad aislada emocionalmente de sí misma y del entorno, suele ser proporcional a la magnitud del dolor que el sujeto está reprimiendo. Los terapeutas psicodinámicos vemos esto todos los días. En tales condiciones, cualquier "detonante" excesivo (p. ej., una gran frustración, un abandono, una bronca, un conficto social, una guerra) puede vencer la resistencia del dique y desatar la erupción de sucesos infernales y aparentemente "inhumanos".

Ahora bien, ¿qué clase de maltrato pudo sufrir Adam Lanza y, en general, esta clase de personas, por parte de su familia? El arco de los maltratos familiares va desde lo más sutil y socialmente habitual (p.ej. desamor de los padres, etc.) hasta lo más brutal  (p. ej., violencia física o sexual, etc.). En esencia, se trata siempre de una falta de empatía hacia el hijo. Y los resultados son siempre la destrucción del alma infantil (p. ej., de su capacidad de confianza, vinculación, afecto, autoestima, autocontrol, etc.), siempre de modo proporcional a la precocidad, intensidad y duración de tales maltratos. La mayoría de las secuelas se prolongarán a lo largo de toda la vida de la víctima. (1)

De modo que, en suma, si queremos intuir qué llevó al niño asesino a matar a 28 personas; y si queremoe comprender, en general, las conductas de la gente "inadaptada" o con problemas de "salud mental", lo único que debemos hacer es investigar a sus familias. Pero no de forma convencional, sino a fondo. Dilucidando minuciosamente cómo fue la crianza de tales personas en sus aspectos más precoces e íntimos, tanto a nivel consciente como, sobre todo, inconsciente. Nunca sabremos -o nunca nos dirán- hasta qué punto sufren los niños -o adultos- asesinos. Pero podemos estar seguros de que sólo  quien se atreva a explorar los sórdidos infiernos emocionales en que habitan legiones de chavales obtendrá todas las respuestas.

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1. Algunas personas maltratadas y brutalmente reprimidas pueden hacer lo mismo, más tarde, con otras personas. Véase el caso de Beth Thomas

© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Enero, 2013
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