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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

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El problema del optimismo

 

El optimismo es una forma de cobardía.
No es terapéutico,
sino una defensa contra la terapia.
(JLC)

 

El optimismo es una obsesión de nuestro mundo. Políticos, economistas, ideólogos, científicos, publicitarios, moralistas... Todos se apuntan. El optimismo es un gran motivador, una droga euforizante, la anestesia de casi todos los males, la religión que anima al capitalismo. Incluso la mayoría de psicólogos, ¡ay!, lo predican. De hecho, consideran el optimismo no ya una de sus herramientas principales, sino casi un objetivo de la psicoterapia. Si, pese a todos tus sufrimientos, no te vuelves optimista... ¡no podrás curarte! Etc. Ahora bien, ¿y si el optimismo, además de sus ventajas, también tuviese sus inconvenientes? ¿Y si éstos superasen secretamente a sus beneficios y contribuyesen a perpetuar muchos de los males (psicológicos, sociales...) que el propio optimismo quisiera prevenir?

En primer lugar, ¿qué significa ser optimista? Significa obviamente enfatizar los aspectos positivos de las cosas, aunque los negativos también estén ahí. En la práctica, el optimismo suele remarcar casi únicamente lo positivo, silenciando por tanto casi todo lo demás. Lo contrario hace, naturalmente, la postura inversa, el pesimismo. Etc. Sin embargo, ¿por qué habríamos de mirar sólo las cosas de un cierto color -en este caso, "rosa"-, y no todos los demás colores de este mundo? La única respuesta posible es el miedo. El miedo a todo color que pueda dolernos. De ahí nuestra adicción a ese único color que hemos decidido tolerar: el narcótico y optimista rosa.

El optimismo es, por tanto, una defensa neurótica. Una forma de rechazo de la realidad como tantas otras (p. ej., pesimismo, miedos, ansiedades, depresión...). De hecho, el optimismo excesivo, siendo una especie de euforia, constituye el claro contrapeso de algún tipo de dolor, tal como vemos fácilmente en los procesos maniaco-depresivos. "Dime de qué presumes...". Por eso, a mi entender, el optimismo es incompatible con la psicoterapia y, por supuesto, con la sabiduría.

He visto a terapeutas optimistas de sonrisa dulzona prohibir a sus pacientes la queja, la ira, la tristeza, la culpabilización de sus padres agresores, las ideas pesimistas, etc., con excusas negacionistas del tipo "todo eso ya pasó, debes ser positivo, es lo que hay, tienes que pasar página", etc. Otros mantras de esta clase de terapeutas son, p.ej.: "la vida es hermosa, la vida te lo da, la vida te ofrece esta lección para que crezcas, tú eliges tu vida, tu familia te ama, ámate a ti mismo, perdona a tus verdugos, eres lo que piensas, odias en los demás lo que proyectas de ti mismo, responsabilízate, anímate, realiza tus sueños, controla tus pensamientos, controla tus hábitos, disfruta de las cosas pequeñas, relájate, sonríe siempre, fluye hacia el futuro, todo es mental, todo es energía, el universo te protege...". Etcétera. Y todos sabemos la dolorosa soledad y frustración que puede sentir una víctima neurótica ante esta clase de consejos. 

No es que cada una de esas afirmaciones no pueda ser verdadera o útil para ciertos individuos o en determinados momentos de su crecimiento. Es que el terapeuta optimista las expende indiscriminadamente, es decir, como panacea universal para toda clase de males, con independencia de las causas, gravedad, sentimientos, libertades y necesidad de empatía y contención de cada individuo particular. Por eso, pese a sus indudables buenas intenciones, el terapeuta optimista niega inconscientemente el dolor de su paciente. Sólo lo apremia a que supere cuanto antes sus conflictos, es decir, a que los maquille o reprima todo lo posible con un "bienestar" postizo. ¿Por qué el terapeuta hace eso? Obviamente, porque él mismo no soporta su propio lado oscuro.

Este optimismo ideológico, que no sólo existe en la psicología, sino en toda la sociedad, la moral, la política, la ciencia y la tecnología, etc., convierte a sus ingenuos adeptos en cómplices y co-represores del dolor propio y ajeno, sin lucidez ni corazón alguno. Porque, bajo sus benévolas intenciones y pese a éstas, los problemas conscientes e inconscientes de la gente siguen existiendo. El dolor de las personas, con optimismo o sin él, sigue acumulándose. Y la hipocresía social no previene ni soluciona nada. De hecho, como las cosas tienden  ir empeorando, cuanto más optimismo hay, más optimismo es necesario. Es una perpetua negación de la realidad. Una loca fuga hacia adelante.

La alternativa al dolor humano no es el optimismo (ni tampoco el pesimismo, ni ningunas otras gafas de cualquier color), sino la conciencia. Y por ende la valentía. La entereza emocional frente a lo desagradable y lo frustrante. La eficaz resolución de los problemas. Y, por encima de todo, esa actitud totalmente ajena al optimismo (con la que, sin embargo, solemos confundirlo), que es la confianza. Es decir, la confianza en nosotros mismos. La confianza en los demás. La confianza en la vida.

Cuando un deportista afronta una competición, no necesita ser "optimista". ¡Su rival también es optimista! Lo que necesita es una realista confianza en sí mismo, derivada a su vez de la plena conciencia de sus habilidades, su entrenamiento, su motivación, su concentración, etc. Dicha confianza es igualmente consciente de sus limitaciones, y de las no menos poderosas habilidades del adversario, etc. (1) Más allá de esta confianza, todo lo demás es incertidumbre y riesgo. Nadie sabe si ganará o perderá, si gozará o sufrirá, si conocerá la gloria o el fracaso... Pero tampoco importa. ¿No es ésta precisamente la gracia de todo juego deportivo? A veces ganamos y toca gozar. A veces perdemos y toca sufrir.

Igualmente en la vida. La existencia, los seres humanos, somos "multicromáticos". Podemos vivir toda clase de experiencias: buenas, malas, regulares, positivas, negativas, felices, desdichadas, victoriosas, fracasadas...  Somos como música. Como pianos de colores. ¿A qué viene, pues, obsesionarnos con sólo un puñado de teclas y melodías? Nada hay más triste, falso y aburrido que una sinfonía permanentemente "optimista". 

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1. ¿Nos imaginamos a un general estúpido o sin recursos, pero "optimista"? ¡Perderá todas las batallas! El optimismo idealiza y deforma -sobrevalorándola- la realidad, nuestras verdaderas fuerzas, etc. 

© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Septiembre/2014
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