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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

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¿Qué es psicoterapia?

Pacientes y terapeutas

 

La psicoterapia, la buena relación psicoterapéutica, es, sin duda alguna, uno de los vínculos más atípicos, profundos y hermosos que existen. No se parece a ninguna de las relaciones habituales (p. ej., familiares, amorosas, amistosas, profesionales...) y, sin embargo, comparte los mejores rasgos de todas ellas. Un buen terapeuta es lúcido, respetuoso, empático, cuidador... Y un buen paciente es abierto, confiado, motivado, colaborador...  Desgraciadamente, no todos los terapeutas son iguales, ni todos los pacientes buscan lo mismo. Por eso la calidad y eficacia de las psicoterapias pueden ser tan diversas.
 

1. El Terapeuta

Un buen terapeuta debe haber resuelto sus principales problemas de identidad, autoestima, demonios personales y relaciones familiares, sexuales y económicas. Gracias a ello, podrá atender a sus clientes con la suficiente honestidad e  incondicionalidad, es decir, sin la necesidad consciente o inconsciente de satisfacerse a través de ellos. En estos casos, el terapeuta no podrá evitar "utilizarlos" de algún modo, lo que no le diferenciaría entonces del ambiente tóxico (familia, sociedad...) que ya dañó a sus pacientes y los llevó a su consulta. Este terapeuta traicionaría a sus clientes. Un buen terapeuta debe reconocer que, si no está suficientemente preparado para su oficio, o al menos para afrontar determinados casos particulares, debe siempre pedir ayuda psicológica para sí mismo o derivar su cliente a otro profesional.

Las manipulaciones y errores de un mal terapeuta pueden ser evidentes o sutiles, tanto por lo que hace como por lo que omite. Son, por ejemplo, traiciones al paciente: 

  • adoptar actitudes arrogantes, defensivas o autoritarias
  • ignorar o moralizar sobre determinados hechos, sentimientos o conductas
  • desoír las discrepancias del paciente
  • presionarlo hacia fines determinados
  • mentirle
  • lanzarle mensajes contradictorios
  • cuestionar sus creencias o, al revés, adoctrinarlo
  • pedirle favores u otros abusos de confianza o autoridad
  • reforzar su dependencia emocional
  • hablar con personas del entorno (del paciente) sin la aprobación y presencia de éste
  • enamorarse de él
  • tratarlo de formas ambiguas, "semifamiliares", "semiamistosas"...
  • prolongar innecesariamente la terapia
  • dificultarle su abandono
  • relacionarse con él fuera del marco de la terapia
  • compartirle sin razón terapéutica los propios problemas
  • enfurecerse con él o humillarlo
  • violar el secreto profesional con otras personas
  • etc.

Todos estos errores limitarán, obviamente, los resultados de cualquier terapia e incluso pueden causar nuevos daños en algunas personas. Todos ellos son fallos neuróticos, poco deontológicos y, a veces, incluso denunciables. Ahora bien, dado que incluso el mejor terapeuta es sólo el 50% de una terapia,  ¿qué pasa con el otro 50%?

1. El Paciente

Un buen paciente debería tener clara, al menos, una cosa: su pasión por mejorar. Esta clase de personas, muy motivadas, confían y se implican con su terapia, la viven a fondo, hacen de ella una prioridad en sus vidas. Se vinculan plenamente con el terapeuta, esperan con ganas la siguiente sesión, trabajan con ardor dentro y fuera de las consultas... Pero, desgraciadamente, no todos los clientes son así. Muchos están bloqueados por resistencias internas tan enormes que realmente no saben lo que quieren, o sabotean inconscientemente la terapia, o ni siquiera "entraron" nunca en ella. He aquí algunos ejemplos: 

  • Imitadores: Como algún amigo o pariente realiza una terapia fructífera con algún terapeuta, el sujeto siente envidia: "¡yo también quiero hacerla!" Pero su decisión no es madura de verdad y se cansa pronto.
  • Infantiles. El sujeto siente la fantasía mágica de que "¡este terapeuta es sabio y famoso, él me curará con su poder!". Como su responsabilidad inconsciente en la terapia es nula, también se desengañará pronto. .
  • Confusos. La persona, lavada de cerebro por los parientes, la televisión, etc., cree que quiere "curarse", pero en el fondo no desea hacerlo. Es como esos fumadores que han intentado "mil veces" dejar de fumar. Hay una mentira, una contradicción básica en su actitud. Tampoco aquí funcionará la terapia.
  • Solitarios. El sujeto se siente solo y, con la excusa de una "terapia", sólo busca en el terapeuta un alivio, un amigo, un refugio emocional, sin ánimo real por cambiar nada. Cuando se descubre el truco o halla otras fuentes de amor, se va. 
  • Problemas de pareja. Ciertas personas no quieren madurar, sino sólo fórmulas "mágicas" para "cambiar" a su pareja con la ayuda y, sobre todo, con la "complicidad" unilateral del terapeuta. Cuando éste las cuestiona, dejan la terapia.
  • Omnipotentes. Estos consideran que no tienen nada que aprender de una terapia, pero creen que el terapeuta sí les puede "satisfacer" o "acompañar" en determinadas expectativas neuróticas, para lo cual "compran" sus servicios. Son como los pacientes que simplemente van al médico para exigirle ciertos fármacos. En ningún momento se abren a una terapia ni se vinculan con el terapeuta, al que secretamente desprecian. Cuando éste los confronta, protestan vivamente, se ofenden, lo agreden y abandonan furiosamente la "terapia".
  • Juguetones. Éstos quieren (dicen) hacer psicoterapia, pero sin dejar de leer libros de autoayuda, ni dejar de realizar simultáneamente cursos o incluso otras terapias incompatibles con la principal, etc.  Naturalmente, su recorrido terapéutico no será muy largo.
  • Etcétera.

En otras palabras, pagar a un psicoterapeuta no es sinónimo de realizar una psicoterapia. El paciente sólo es genuino en la medida que su corazón desea de verdad realizar un esfuerzo sanador. Y cuando, por eso mismo, conoce y acepta no sólo la naturaleza misma de la Psicoterapia, sino también las condiciones y compromisos que dicha terapia exige.

***

Así que la Psicodinámica es maravillosa, pero no es ninguna panacea. No es válida para todos. Algunos pacientes sólo acuden a ella como mariposas nocturnas atraídas por la luz. O con expectativas terriblemente deformadas, mágicas o ingenuas. O en busca de mera compañía. O desde actitudes arrogantes, manipuladoras o incluso litigantes absolutamente incompatibles con cualquier psicoterapia real. Por otro lado, algunos terapeutas no están a la altura de la empatía, la ética y la eficacia que sus clientes necesitan... Y es que la psicoterapia requiere por ambas partes, en suma, grandes cantidades de buena fe, respeto, confianza, sinceridad, coraje, disciplina y esfuerzo. Por algo es, en definitiva, el viaje más apasionante que puedan compartir dos seres humanos.
 

© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Marzo/2014
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