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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

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El sexo según el sexo

 

Todos sabemos que, en general, a los hombres les interesa más el sexo que a las mujeres. O al revés: a la mayoría de mujeres el sexo les interesa menos que a los hombres. Se dice que hasta un 50-70% de ellas podrían pasar perfectamente sin actividad sexual... ¿Por qué? Al margen de los tópicos habituales, expondré aquí mis ideas sobre ello.

Una explicación biológica frecuente de la diferencia sexual entre hombres y mujeres es que, en el varón, su instinto es copular al máximo para preservar la especie, mientras que, en la mujer, su instinto es cuidar de los hijos en un entorno psicofísico seguro. Por tanto, en general, la prioridad de los primeros sería el sexo, y la de las segundas, los sentimientos protectores: el amor. La relación fundamental entre ambos sexos sería, pues, una especie de trueque. "Dame sexo a cambio de amor", dirían ellos. "Dame amor a cambio de sexo", dirían ellas. Esto podría ser cierto en parte. Pero, a mi juicio, el asunto es más complejo. 

En primer lugar, podemos minimizar la teoría de los instintos. Los seres humanos no tenemos instintos, ya que hace muchos milenios que fueron sepultados y sustituidos por los imperativos de la civilización. Por eso la mayoría de acciones sexuales, tanto masculinas como femeninas, no están destinadas a la procreación, sino sólo al placer, el juego, las relaciones interpersonales, el negocio, etc. Tampoco existe un instinto maternal (1), etc.

La hipótesis del intercambio de amor por sexo tampoco parece satisfactoria. Es cierto que, en muchos casos, es así. Pero en muchos otros no existe tal intercambio, y tanto el sexo como el amor pueden adoptar innumerables formas condicionadas por la sociedad y los determinantes psicológicos de cada individuo. Además, la propia idea de "comprar" placer o amor con cualquier tipo de "moneda" parece algo extraña, artificial. Más natural parece el hecho de compartir cosas. Igual que los niños juegan desde un mismo plano y motivación, las personas amamos o jugamos sexualmente como un fin en sí mismo (o así debería ser) y no como un medio para lograr otras cosas. De hecho, si no lo hacemos así comenzarán los problemas, como luego veremos.

En tercer lugar, tampoco parece claro que hombres y mujeres seamos tan "diferentes" en lo amoroso y lo sexual.  Muchos hombres desean el amor tanto, o más, que muchas mujeres, igual que muchas mujeres son absolutamente incapaces de amar. Todo depende de la neurosis individual de cada persona. El que, por razones socioculturales, las mujeres tiendan a ser más "sensibles y emocionales" y los hombres más "duros e inexpresivos" no nos dice nada sobre sus respectivos potenciales amorosos. Y lo mismo sucede en lo sexual. Ni todos los hombres están igualmente "obsesionados" con el sexo (lo que depende en gran medida de su neurosis individual), ni todas las mujeres son igualmente "indiferentes" a él, por idénticos motivos.

Así que, en mi opinión, al margen de las diferencias superficiales y socialmente condicionadas entre hombres y mujeres, las razones de sus diferencias más profundas son otras. Y la Psicodinámica nos ayuda a descubrirlas.

Como escribí en Amor consciente, creo que la evolución psicoafectiva de niños y niñas no es simétrica. Los varones establecen con la madre un lazo doble, ya que ésta es fuente nutricia pero también, a su tiempo, objeto edípico-amoroso. Por tanto, el hombre introyecta que los placeres fundamentales (alimento, cariño, placer físico) vienen principalmente de la mujer, de la cual tenderá a depender inconsciente y excesivamente en el futuro. Para las niñas, en cambio, la madre es también fuente nutricia pero no tanto objeto amoroso, sino espejo de identificación, pues ambas son del mismo sexo. Por tanto, la mujer introyecta  a su madre y se convierte, de algún modo, en "madre de sí misma". Aprende a ser, para bien y para mal, mucho más autosuficiente y autónoma que los varones, y en el futuro no buscará tanto el placer en ellos cuanto en sí misma y su prolongación, los hijos.

De modo que los hombres heterosexuales están psicodinámicamente (y por tanto también sexualmente) más inclinados hacia las mujeres que al revés. Y además, cuanto más neuróticos, frustrados o incomunicados se sienten emocionalmente respecto a aquéllas, más "sexuales" pueden volverse, en un sentido  típicamente adictivo. Otros pueden desarrollar misoginia, violencia, depresión, adicciones duras, etc. Las mujeres, por su parte, tenderán a protegerse de los mismos problemas mediante defensas centradas principalmente en sí mismas, es decir, más narcisistas. (2)

Es cierto que, en casi todas las culturas, el matrimonio puede acabar reducido a un mero intercambio de sexo por amor u otras cosas (dinero, estatus, hijos...). Una especie de negocio consciente o inconsciente. Ahora bien, cuanto más rudo y sin amor es tal negocio, tanto más inclinados al sexo serán los hombres y más autosuficientes serán las mujeres. ¿Por qué?  Porque su desesperación mutua aumentará. Las personas no pueden sentirse amadas y felices si tienen que "pagar" por ello con cualquier clase de moneda. Como antes decíamos, todo lo bello y espontáneo de la vida no puede "intercambiarse", sino sólo compartirse.  Comprar o vender amor o sexo es, así, profundamente solitario, pues ambas personas demuestran que no juegan a lo mismo. Por eso tienen que negociar. Y el propio trueque es el síntoma de su incomunicación y aislamiento.

Así que, en resumen, aunque las diferencias psicodinámicas en cuanto al sexo en hombres y mujeres persistirán, la única forma de minimizarlas sería -una vez más- una mayor preeminencia del amor en nuestro mundo. Porque si, desde que nacemos, niños y niñas hubiésemos conocido el respeto, la empatía, la confianza, el cariño, el placer, el libre acceso a nuestra genitalidad, la evitación de cargas represoras de ésta (p.ej., culpa, rencor, estrés, violencia...), la naturalidad, la capacidad de introspección, etc., entonces hombres y mujeres no necesitaríamos "intercambiar" nada... porque podríamos compartirlo todo. Pues, como observo a diario en mis consultas, todos los seres humanos necesitamos lo mismo.

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1. Véase, p.ej.,  El último tabú: la Madre

2. Y  a menudo institucionalizadas socialmente, p. ej.: el culto a la belleza, el énfasis en la maternidad, la autoexaltación de lo "femenino" (la "mujer-diosa", el "misterio" de la mujer...), romanticismo, victimismo, feminismo, etc. 
 

© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Marzo/2015
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