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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

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La sobreprotección

 

Muchas personas tienen dificultades para distinguir entre el necesario amor protector y la nociva  sobreprotección, o no se dan mucha cuenta de los daños de la segunda. Sin embargo, la sobreprotección puede resultar tan destructiva como las actitudes opuestas, p. ej., el abandono, el maltrato o la castración emocional. En definitiva, sobreproteger es también una forma de violencia. ¿Cómo puede ser esto?

En primer lugar, debemos definir la sobreprotección. Sobreproteger es imponer a otro lo que éste no necesita. Por ejemplo, cuando "cuidamos" de alguien mediante ciertas ayudas, consejos, mandatos o prohibiciones respecto a cualquier dificultad que, en realidad, el sujeto podría perfectamente (si quisiera) resolver por sí mismo, no estamos amándolo, sino sólo faltándole al respeto. Estamos  anulando su sentimiento de valía, su seguridad en sí mismo, su autoestima, su autonomía. Estamos asimismo fomentándole una falsa incapacidad, su dependencia de nosotros. Dicho de otro modo, le estamos cortando las alas.

Algunos de los mensajes inconscientes que le deslizamos con nuestra sobreprotección son los siguientes:

  • No eres capaz de hacerlo por ti mismo
  • No eres lo suficientemente hábil, inteligente, fuerte o valioso
  • No confío en ti
  • Yo sé hacer las cosas mejor que tú
  • Adopta mis propios miedos
  • Quiero que hagas las cosas a mi manera
  • No quiero que te liberes de mi permanente influencia y dominio
  • Tengo miedo de que seas mejor que yo
  • Etc.

Por tanto, las actitudes sobreprotectoras son típicas de las personas que tienen dificultades, p. ej., para:

  • Percibir y aceptar con respeto y sin envidias las cualidades, diferencias, deseos y libertades de los demás.
  • Asumir la vida sin excesivos miedos, apegos, sentimientos de culpa y/o afanes de dominio.
  • Aceptar que ciertas frustraciones y experiencias desagradables forman parte de la vida, y no siempre es sano, ni bueno, ni justo privar de ellas a los demás.

Las personas sobreprotectoras tienden a proyectar su neurosis sobre los otros y a manipularlos en nombre o con la excusa de "cuidar" innecesariamente de ellos. Como esto se parece superficialmente al amor y además está socialmente muy difundido, los sobreprotectores... ¡se sienten orgullosos de serlo! Creen que sus sacrificios son dignos de alabanza. Sin embargo, vistas desde el otro lado, las cosas son muy diferentes.

Las personas sobreprotegidas no pueden madurar la confianza en sí mismas y la autoestima suficientes para desarrollar una adecuada y responsable autonomía. En vez de eso, dudan de sus propios deseos y sentimientos, no se atreven a reconocerlos, expresarlos o realizarlos con naturalidad. Suelen sentirse inseguras, miedosas, vulnerables, dependientes, con problemas para socializarse y baja tolerancia a las frustraciones. Por eso muchas de ellas aprenderán a ser pasivas y egocéntricas, ya sea de formas sumisas o, al revés, exigentes o incluso tiránicas. En el fondo, están secretamente resentidas contra sus sobreprotectores, a quienes no suelen "agradecer" los favores recibidos. ¡Es natural! Como su corazón percibe que la sobreprotección es un fraude de amor, se sienten por ello íntimamente dolidas, traicionadas, solas... Y, para colmo, sin derecho a quejarse, pues, ¿quién se atrevería a lamentarse contra sus sacrificadísimos sobreprotectores? Serían acusadas inmediatamente de ingratas y egoístas.

La sobreprotección no sólo puede darse en la crianza y la educación, sino en cualquier otro ámbito (relaciones personales, sociedad, política...).  Siempre que, con la excusa de "amar, cuidar y proteger", lo que realmente hacemos es imponer desde motivaciones neuróticas nuestra "ayuda" a personas que, en rigor, no la necesitan (o no deberían necesitarla), o ni siquiera nos la han pedido, estamos sobreprotegiéndolas. Es decir, violentándolas. Estamos dificultando su autonomía responsable. En otras palabras, la sobreprotección es un eufemismo de la dominación.

¿Cómo distinguiremos, p. ej., los cuidados amorosos de unos buenos padres respecto de una patológica sobreprotección? Una clave es recordar siempre aquello de que no se trata de regalar peces, sino de enseñar a pescar. El amor sano incluye la habilidad de intuir en cada momento (según cada hijo, edad y circunstancia) cuándo y hasta qué punto -y no más- hay que intervenir para cuidar. Y cuándo hay que retirarse para no traspasar la delgada línea roja del abuso de poder.

© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Abril, 2013
Revisión: Abril, 2015

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