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José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor
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El mito del TDAH
La desdicha infantil no es una enfermedad

 

1. INTRODUCCIÓN

El Trastorno por Déficit de Atención con/sin Hiperactividad (TDAH) es, en mi opinión, un ejemplo paradigmático de la polémica naturaleza de los problemas psicoconductuales en general, que para algunos son enfermedades de base orgánica, genética, etc., y para otros son meras secuelas inadaptativas frente a dolorosos problemas emocionales, familiares o sociales. El TDAH (1) es también un buen ejemplo de cómo se construye, en función de determinados intereses económicos y políticos, una teoría patologizadora de ciertos problemas humanos (en este caso, la hiperactividad), se publicita hasta convertirla en moda social y finalmente, olvidada ya dicha fabricación, las supuestas enfermedades quedan archivadas en los manuales de psiquiatría como si hubieran existido "desde siempre".

Existen evidentemente algunos niños hiperactivos, pero -salvo contadas excepciones de índole neurológica- sus causas no son en absoluto orgánicas. Creo, por el contrario, que el TDAH es una desdichada secuela de muchos factores, desde nuestro estilo de vida superestresado hasta los pésimos hábitos de crianza o la progresiva desintegración familiar y social. Todo ello causa, en distintas formas y grados, muchos daños emocionales en los niños, entre ellos su nerviosa y dispersante agitación. El TDAH es, en otras palabras, un problema neurótico como cualquier otro. Y, como tal, sólo puede entenderse, prevenirse o resolverse analizando a fondo los problemas familiares, escolares y sociales de cada niño en particular.

Lo mismo que un entorno saludable y amoroso produce niños alegres, seguros de sí mismos, motivados, creativos, etc., un entorno patológico tiende a desarrollarles, en cambio, miedos, ansiedades, confusión, ira, tristeza, hábitos caóticos... Y tales son, sin duda alguna, las bases psicodinámicas del TDAH. Por ello, tal como sucede con todo problema neurótico, "luchar" contra el TDAH con fármacos y/o terapias conductuales sólo son modos de enmascararlo y cronificarlo. A la neurosis no se la combate: se la comprende. Y el único antídoto contra el TDAH es, como sugeríamos, una sana crianza de los niños. Esto implica una enorme capacidad de amor y empatía por parte de los adultos hacia los sentimientos y necesidades psicoafectivas de los críos. Y también una gran humildad para reconocer los muchos errores psicológicos, educativos e incluso éticos que se cometen contra ellos.
 

2. EL TDAH

Millones de niños modernos aprenden de los adultos toda clase de malos hábitos (prisas, desorden, estrés, falta de normas y valores, etc.) o sufren todo tipo de tensiones psicoafectivas (por represión excesiva, desamor, problemas familiares, escuelas inadecuadas, etc.), todo ello incompatible con su feliz desarrollo. Esto les causa un malestar consciente o inconsciente, profundo y abrumador, cuya principal expresión será la agitación permanente. Estas perturbaciones suceden en tres niveles:

  1. Familiar. Por ejemplo, padres supercontroladores y/o aburridos (niños encerrados en casa sin suficientes juegos, acción y relaciones). Padres emocionalmente incapaces o  desbordados. Roles parentales confusos. Padres "ausentes" (guarderías, canguros, abuelos...). Padres neuróticos, conflictivos o violentos. Separaciones y divorcios. Etc.

  2. Social. Pedagogías inadecuadas para la edad de cada niño (escuelas aburridas, agobiantes, autoritarias...). Hábitos estresantes (exceso de actividades extraescolares y deberes, falta de tiempo libre, juego y descanso...). Entorno sobreestimulante (televisión, videojuegos, redes sociales, cine, publicidad...). Etc. 

  3. Emocional. Sufrimientos profundos (desamparo, miedos, ansiedades, ira, depresión...) derivados de todo lo anterior, y generalmente negado o perseguido (castigado) por los adultos.

En tales condiciones, obviamente, muchos niños no pueden adquirir los hábitos "sensatos" que les gustaría a los adultos, ni pueden evitar -como todo neurótico- el compulsivo "desahogo" en forma de síntomas diversos. Estos síntomas incluyen: agitación, dispersión, descontrol, hiperactividad, ansiedades, agresividad, berrinches, rebeldía... Sin embargo, a la mayoría de estos niños, en vez de comprendérselos con empatía y afecto, se los atormenta con broncas, etiquetas patologizadoras, terapias de conducta y fármacos dopadores.
 

3. PSEUDOCRITERIOS DE "DIAGNÓSTICO"

Una de las más claras evidencias de la quimera biológica del TDAH es que, pese a considerárselo una enfermedad, no existe ningún test biológico, neurológico, etc., que pueda determinarlo. Sólo hay... ¡arbitrarios tests de comportamiento! Por ejemplo, se pretende "diagnosticar" a niños supuestamente problemáticos con preguntas tan comunes, subjetivas e inespecíficas como las siguientes:

  • ¿Trata el niño irrespetuosamente a las personas mayores?
  • ¿Es impulsivo, irritable?
  • ¿Se chupa el dedo o la ropa?
  • ¿Se distrae fácilmente?
  • ¿Se pelea con sus hermanos?
  • ¿Es llorón, o desgarbado, o ensimismado, o inquieto, o miedoso, o mentiroso, o desobediente, o destructor?
  • ¿Coge berrinches?
  • ¿Tiene miedo de estar solo, o  no acaba las cosas que empieza, o es demasiado inmaduro para su edad?
  • Etc. (2) 

Todo esto es, obviamente, ridículo, pues millones de niños actúan así en algún momento. Y no porque estén enfermos, sino simplemente porque... ¡son niños!
 

4. LAS CAUSAS DEL MITO

¿Cómo hemos podido desarrollar actitudes tan disparatadas, injustas y crueles hacia los niños supuestamente "tdah"? A mi entender, porque en general:

  1. Es más fácil y barato reprimir a niños indefensos que asumir y rectificar los errores familiares, educativos y sociales que causan sus sufrimientos.
     
  2. Debido a su propia neurosis, muy pocos padres -y menos aún la sociedad en general- se atreven a afrontar con coraje y humildad su responsabilidad en el sufrimiento de los hijos.
     
  3. La industria farmacéutica ve un enorme filón en la medicación infantil, y los intereses políticos siempre prefieren "anular", y no ayudar, a las personas "incómodas". 
     
  4. La propia infancia es, para muchos, una molestia insoportable, casi una  enfermedad, radicalmente incompatible con su neurosis personal y/o con los valores e intereses sociopolíticos de nuestro tiempo.

El que muchos estudios, congresos, autoridades y otros agentes sociales más o menos infiltrados por la industria farmacéutica insistan en que el TDAH es una "patología orgánica" no debería impresionarnos (3). También hay innumerables médicos, psicólogos, psicopedagogos, padres y profesionales de distintos ámbitos que estamos firmemente persuadidos de lo contrario. (Yo mismo, tratando a padres problemáticos, he visto cómo se "fabrican" algunos niños/as TDAH). De hecho, casi ningún trastorno psiconductual, ni en niños ni en adultos, es de índole biológica. Y es que nunca debemos olvidar que nuestra sociedad, centrada primordialmente en el dinero, sólo tiende a favorecer aquellos enfoques que resulten más lucrativos para las grandes corporaciones. 
 

5. LA ALTERNATIVA

Si el TDAH es un montaje socioeconómico de los adultos contra la infancia, entonces, en vez de cazar niños incómodos mediante arbitrarios tests de comportamiento, ¿por qué no usar otra clase de tests para detectar las malas prácticas de los propios padres y educadores hacia los niños? Por ejemplo, podríamos formularles cuestiones realmente fundamentales como las siguientes:

  • ¿Cómo es la vida escolar y social de su hijo? ¿Agradable o desagradable? ¿Tranquila o estresante? ¿Estimulante o aburrida?
  • ¿Cómo es el ambiente familiar? ¿Pasa el niño demasiado tiempo solo, aburrido o inmovilizado? ¿Son los padres ordenados o caóticos, serenos o agitados, cariñosos o distantes u hostiles con el niño?
  • ¿Hay reglas  y hábitos familiares coherentes y bien establecidos? ¿Se aplican bien, con cariño y paciencia? 
  • Los padres ¿soportan adecuadamente o pierden los nervios ante las expresiones emocionales del niño (p. ej., ira, celos, rabietas, tozudez, rebelión, tristeza, miedo, dominio...)?
  • ¿Son los padres felices con su propia vida, su pareja, sus hijos? ¿Lo fueron también en su propia infancia?
  • ¿Desearon realmente tener a su hijo? ¿Se sienten sinceramente ilusionados y capaces de cuidarlo? ¿Tienen tiempo y fuerzas para ello?
  • ¿Comprenden y empatizan de verdad con los sentimientos y necesidades (p. ej., de respeto, atención, cariño, consuelo, juego compartido, autonomía, modelo de aprendizaje...) de sus hijos?
  • ¿Cuáles son, por el contrario, sus sentimientos "inconfensables" hacia los hijos (p. ej., ¿quizá cólera, impaciencia, indiferencia, cansancio, desdén...?).
  • Etcétera.
     

6. CONCLUSIÓN

En resumen, ya que el TDAH no es ninguna enfermedad orgánica, sino un conjunto de perturbaciones psicoconductuales derivadas de alguna forma y grado de sufrimiento emocional, debemos concluir que el TDAH es un indicador de maltrato infantil. Por tanto, no será con terapias infantiles ni con fármacos como podremos ayudar a los niños infelices, sino sólo con más comprensión y afecto hacia ellos. Y, cuando sea preciso, con más reformas sociales y/o psicoterapias para los adultos responsables de cuidarlos.

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1.  Me refiero en este artículo a los niños realmente "hiperactivos", es decir, significativamente problemáticos. En la práctica, sin embargo, muchos niños simplemente "incómodos" para algunos adultos son marcados como "TDAH" sin serlo. El TDAH es un problema tan absurdamente subjetivo como sobrediagnosticado. 

2. Véanse los "Cuestionarios de Conners" que se utilizan

3. Lo mismo hacen con otras falsas psicopatologías, cuyo vademécum es el más que polémico DSM estadounidense. Pero, en relación al TDAH, Juan Pundik afirma en su libro "El niño hiperactivo, déficit de atención y fracaso escolar": «Ningún tipo de investigación seria realizada hasta la fecha [el libro está publicado en abril de 2006] ha mostrado indicio alguno de desequilibrio químico. Todo lo que tenemos es una teoría: si un medicamento funciona y sabemos que aumenta el nivel de ciertas sustancias químicas en el cerebro (transmisores de los impulsos nerviosos), esto podría significar que el fármaco está corrigiendo un déficit o un desequilibrio». (Ver nota 4) Por su parte, Antoni Talam, doctor en Psicología, afirma en su libro "Globalización y salud mental" que «en décadas de trabajo no se ha conseguido aislar ni un solo —ni uno, insistimos— marcador biológico específico —presente en todos los casos y solamente en ese tipo de casos— para un trastorno mental cualquiera». Otros libros que profundizan en las falsedades y oscuros intereses que deforman ciertos campos de la Psicología, la Psiquiatría y la Medicina en general son, p.ej., "La salud que viene" y otros libros del periodista Miguel Jara; "La invención de trastornos mentales", de H. González y M. Pérez; "Los inventores de enfermedades", de Jörg Blench,  "Medicamentos que nos enferman", de Ray Moynihan, o "La timidez", de Christopher Lane. Este último libro documenta, p.ej., cómo se elevó la timidez a la categoría de enfermedad ("fobia social"), con referencias también al TDAH. 

4. La teoría del "desequilibrio" nace de un absurdo conceptual. Por ejemplo, todos sabemos que la Aspirina (ácido acetilsalicílico) calma el dolor de muelas. Pero ello no significa que tal dolor esté causado por un "déficit de ácido acetilsalícilico" en nuestra sangre. Sin embargo, así es exactamente como "razona" a menudo  la pseudoinvestigación psicofarmacológica. 

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¿Aceptar o medicar?
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- http://www.migueljara.com/?s=TDA , (hiperactividad)
- Trastorno-del-deficit-de-atencion-un.html
- Deficit-de-atencion
- Hallazgos-en-tdah
- http://www.rebelion.org/
- http://www.pagina12.com.ar/diario/
- La-hiperactividad-infantil/
- http://www.europapress.es/noticia
- http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/science
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© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Mayo, 2010 - Abril, 2017
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